En algún momento, me di cuenta de algo muy simple: somos esclavos de un esquema que dirige nuestra vida. Ese momento de reflexión ha sido como un rayo de luz que me cayó encima. Vi una luz al final del túnel. Porque darme cuenta de eso me ha llevado a cavar más y más en las profundidades de mi alma para revelarme cosas de las que no me daba cuenta antes. Y la conclusión también ha sido muy simple. Tan simple que no tengo idea cómo es posible que no se me ha ocurrido antes.

 

La esclavitud del siglo XXI:

La vida de cada uno de nosotros es diferente y parecida al mismo tiempo. Nacemos, vivimos nuestra infancia felices durante un par de años, de los que luego ni siquiera nos acordamos, hasta que viene el momento de ir a la escuela. Primero la primaria, luego la secundaria. Seguimos el sistema educativo aprendiendo cosas que no nos interesan y que no vamos a necesitar nunca más después de pasar los exámenes. Pasamos por lo menos 8 horas diarias estudiando lo que nos obligan a aprender y no nos queda tiempo para dedicarlo a lo que realmente nos apasiona. Nos cortan las alas, pero está bien, porque no nos damos cuenta. Durante estos años escolares aprendemos algo muy importante: el mundo no nos juzga basándose en lo que somos, sino comparándonos con los demás. Y eso casi nunca es justo, pero ni modo, simplemente tenemos que ser mejores que los demás. Aquí empieza la lucha constante por ser el mejor en todo, acompañada por la competencia, los nervios y el odio. El materialismo. El miedo de ser juzgados. La vergüenza de ser nosotros mismos.

El mundo no nos juzga basándose en lo que somos, sino comparándonos con los demás Click To Tweet

Luego viene el momento de ir a la universidad. Elegimos una carrera que sea más rentable posible, dependiendo de nuestras capacidades. Pero claro, solo las que cuentan porque aunque tengamos un verdadero talento musical o seamos campeones de fútbol, nos convencen que no se puede vivir ni de la música ni de deporte. Pasamos 5 años en la universidad para darnos cuenta que solo una pequeña parte de lo que aprendimos durante esos años nos sirve en el mundo de trabajo. Aquí empieza la vida que tanto esperábamos: la libertad y la independencia económica de las que soñamos durante nuestros largos años en la escuela nos decepcionan muy rápidamente, cuando de pronto nos damos cuenta que antes dependíamos de los horarios de las clases y obedecíamos a nuestros profesores y ahora dependemos de los contratos y obedecemos a nuestros superiores. Nada ha cambiado: seguimos levantándonos cada mañana para pasar 8 horas diarias haciendo lo que no nos gusta, solamente para poder pagar el alquiler, para poder comer durante 30 días y para irnos de vacaciones cuando nos den permiso.

¿No será eso la definición de la esclavitud?

Todo este recorrido a través de los años, nos enseña ciertas cosas. Cosas que aprendemos inconscientemente y en la mayoría no nos damos cuenta.

Aprendemos a decir ‘si’ cuando en realidad tenemos ganas de decir ‘no’. Aprendemos a hacer favores a los demás, porque esperamos algo a cambio. Aprendemos a hacer lo que los demás esperan de nosotros, olvidando nuestros propios sueños, nuestras propias pasiones y nuestros propios objetivos. Aprendemos a renunciar de nuestra propia vida, para satisfacer a los demás. Aprendemos a conformarnos con lo que tenemos, en vez de atrevernos a buscar lo que queremos tener. Aprendemos a obedecer a los demás, a sucumbir a la presión social, perdiendo la capacidad de pensar por nosotros mismos y de tomar nuestras propias decisiones. Aprendemos a tener miedo. Simplemente. Miedo de tomar decisiones, miedo de cometer errores, miedo de lo que los demás puedan pensar o decir de nosotros, miedo de lo desconocido, miedo de salir de nuestra zona de confort, miedo de tomar las riendas de nuestra propia vida.

Todo el tiempo esperamos algo. Primero esperamos ser mayores de edad, para poder tomar nuestras propias decisiones y no depender de nuestros padres. Luego esperamos estar en la universidad para vivir esa vida de estudiantes de la que tanto nos hablaron cuando todavía estábamos en la primaria. Seguimos esperando también los exámenes finales, para empezar a trabajar en lo que creemos que será nuestra carrera en el futuro. Para poder ganar nuestro propio dinero y poder vivir por nuestra cuenta, sin depender de nadie. Luego esperamos encontrar nuestra otra mitad, casarnos y tener hijos. Comprar una casa, un coche, tener un empleo estable. ¿Para qué?

Voy a corregirme: todo el tiempo esperamos el momento adecuado para ser libres e independientes. Esperamos la libertad que nunca viene, porque no somos capaces de ver una cosa muy, muy simple: la libertad que tanto buscamos está en nuestra cabeza. Y durante todo este tiempo perdemos la capacidad de disfrutar el presente, siempre esperando el futuro.

La libertad que tanto buscamos está en nuestra cabeza. Click To Tweet

Durante este proceso de la vida programada por los demás, ¿has pensado en algún momento que es lo que realmente quieres? ¿Has pensado si quieres estudiar esa carrera aburrida que no te interesa? ¿Has pensado si quieres seguir trabajando en lo que no te gusta y seguir levantándote todos los días para enfrentar la misma rutina de siempre que hace que se te revuelva el estómago? ¿Has pensado si realmente te quieres casar y tener hijos? ¿O quedarte en el mismo trabajo hasta que te retires? No sé tú, pero yo estoy aburrida de que me digan que es lo que debería hacer. ¿Debería según quién? Seguramente te ha pasado muchas veces estar en una reunión familiar y que todas tus tías y abuelas te pregunten si ya encontraste pareja. Y si ya tienes pareja, preguntan para cuando la boda. Y si ya estás casado, preguntan para cuando los hijos. A los veintitantos años de pronto te das cuenta que todas tus amigas están embarazadas y todos tus amigos se están casando. Recibes invitaciones de bodas, una tras otra, y cada mes llamas a otra persona para felicitarle su primer hijo. Y mientras todos se casan y están teniendo hijos, tú no estás seguro ni en qué lugar del planeta estarás dentro de tres meses. Te sientes frustrado porque parece que todo el mundo ya lo tiene todo bien arreglado, menos tú. ¿Pero quién dijo que tú tienes que hacer lo mismo que los demás?

 

Confesiones de una egoísta

En ese mágico momento en el que me di cuenta que toda la vida he seguido un esquema programado por los demás, abrí un flujo de pensamientos y reflexiones que han ido cambiando mi manera de ver el mundo. Y desde aquel momento estoy en el proceso de aprendizaje constante. Estoy aprendiendo a decir “no” cuando no tengo ganas de decir “si”. Estoy aprendiendo a hacer los favores a los demás solo cuando realmente lo quiero y sin esperar nada a cambio. Porque el bien que hacemos siempre se nos devuelve cuando más lo necesitamos y sin que lo esperemos. Estoy aprendiendo a vivir mi propia vida, a seguir mis sueños y a tomar mis propias decisiones, sin hacer caso a los demás que me dicen que no puedo. Estoy aprendiendo a salir a buscar lo que quiero tener en mi vida, en vez de conformarme con lo que ya tengo. Estoy aprendiendo a controlar el miedo y luchar contra los límites, porque sé que solo existen en mi cabeza.

En palabras simples, en aquel momento, he decidido ser feliz.

He decidido ser egoísta.

Si, una egoísta. Eso significa que soy la persona más importante en mi vida. Soy mi mejor amiga y pongo mi bienestar ante el bienestar de otras personas. Hago lo que me da la gana porque me da la gana. Sigo mis sueños y desarrollo mis pasiones porque es lo que me hace feliz. Respeto mi tiempo, porque el tiempo perdido no se recupera. Y sobre todo, tomo mis propias decisiones. ¿Y si me equivoco? No importa. Todos tenemos derecho a cometer errores. Ya no hago cosas que comprometen mi felicidad para hacer felices a los demás. Entendí que mi felicidad no depende de otras personas y que siempre habrá alguien sufriendo mientras alguien más está feliz. La vida es injusta, sí. Pero hay que disfrutar cada instante, porque es también muy corta. 

La vida solo tienes una. Solo es tan complicada como tú te la pones. No vale la pena gastar tus días haciendo lo que no te gusta, satisfaciendo a los demás o haciendo lo que dicen que es “lo correcto”. No uses tu tiempo concentrándote en los problemas y los obstáculos, cuando puedes concentrarte en las soluciones. La vida es una película y tú eres su protagonista. Y tienes la capacidad de cambiar el guion si no estás satisfecho. No tengas miedo de actuar. Tomar tu vida en tus propias manos es esa libertad que tanto buscas. O por lo menos el principio de ella.

 

Si estás de acuerdo con mis reflexiones y te sientes identificad@, comparte este mensaje con tus amigos. Todos tenemos derecho a ser libres y vivir la vida así como nosotros la queremos vivir. 

 


Karolina

Soy Karolina: una chica polaca, viajera y mochilera de pasión y autora de este blog de viajes donde encontraras consejos para viajeros y guías de destinos. Soy una apasionada de la lengua española y todo lo latino.

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